Mientras más viejos somos más esconde nuestra sonrisa

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Nada como la sonrisa de la niñez; sincera, simple, inolvidable. ¿Qué pasó con nuestros sueños infinitos? ¿Qué paso con esas ganas de hacer lo que queremos, de buscar nuestra felicidad? Me pregunto a dónde se fueron las palabras sensatas, la timidez corajuda, la ingenuidad pícara, el encanto. Yo no tengo muchos recuerdos de mi niñez, supongo que a los 28 años ya se han olvidado muchas cosas. Recuerdo la felicidad que me produjo una chaqueta de Popeye que me regalaron mis papás cuando cumplí cuatro años.
O las lágrimas que derramé cuando en mi fiesta de cumpleaños No. 5 los niños se llevaron todos los juguetes de mi piñata. Sí, era mi piñata, y en ella había un carrito con el que había estado jugando días atrás ya que mis papás habían dejado esa misma piñata incauta en el altillo de la casa días antes de la fiesta. No tengo recuerdos de haberme disfrazado en día de brujas, salvo por una foto en la que estaba disfrazado de Spiderman. Y no me trae ningún recuerdo porque tenía en ese entonces apenas un año de vida.
Es normal dejar ese niño atrás, lo que no es normal es querer dejarlo a las malas, madurar. Pero, ¿qué es madurar? Para muchos es sentar cabeza, poner los pies sobre la tierra, ajuiciarse, dejar de ser infantil, tener un trabajo, estudiar, una familia, organizarse, responsabilidades, cuando en realidad una responsabilidad es un algo que uno no quiere pero debe hacer. Para mi la madurez es subjetiva, o no. Es simplemente imponer límites al pensamiento y a la acción. Es obligarte a dejar de hacer lo que quieres para empezar a hacer lo que debes, es levantarse cada mañana teniendo exactamente claro que va a pasar en tu día, sin sorpresas, sin imprevistos, sin emociones. Es llevar la vida en una rutina predictiva, con planes hechos con anticipación, y, dejando que se esfume toda posibilidad de hacer lo que nunca pensaste hacer, las cosas que te ponen el corazón a mil, que te sacan el alma del pecho. Inclusive enamorarse, requiere de un plan.
Este post no tiene ningún fin en especial, así como ninguno de los que publico. Es solo una reflexión escrita, porque me gusta escribir, porque me siento como conversando conmigo mismo, porque alivia en cierto modo.
El caso es que, a una persona como yo (llena de años, de recuerdos, de historias buenas y otras no tanto, de caricias, de cicatrices, de lágrimas de felicidad y de tristeza), lo mejor que le puede pasar es volver a ser niño, para ver las cosas con la felicidad y simpleza que solía ver, para reírme con la naturalidad de la inocencia sin tener que fingir, para ser un creativo de nuevo.
Es por eso que concluyo que entre más crecemos más cosas esconden nuestras sonrisas, las fingimos, las evitamos, las regalamos, las vendemos, las compramos, las traficamos, las amarramos, las negamos, las escondemos, las criticamos, las intimidamos, y aun sabiendo que está médicamente comprobado que reír aumenta la expectativa de vida de las personas, nos damos el lujo de no hacerlo.
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