Darwin a 2700 mts.

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Si bien hace rato quería ver la exposición, ayer mi concentración estaba enfocada en el resultado espléndido de la naturaleza, un resultado con nombre propio amante de la comida de mar y poco amiga de las aves. Me preguntaba en qué momento alcancé este nivel de necesidad de acercarme a su lado, y es que en ese momento no me importaba Darwin, pero me importaba cada cosa en la que sus ojos se posaban. No me importaba la selección natural, pero me importaba como dos individuos generan una reacción química tan única en el otro. 
No me importaba el origen de las especies, solo darle una especie de origen a un simple momento entre ella y yo. No me importaban los Homo erectus, ni los Neardentales, ni los Homo sapiens sapiens, pero me causó curiosidad como ese último puede convertirse en un Homo sapiens sapiens in love de un momento a otro. No me importó hablar de los páramos y de noches de menos 10 grados porque en ese preciso instante a mi derecha se encontraba un híbrido de sol y luna, un sol como el de un domingo a las 3 de la tarde y una luna llena de esas que salen un día entre semana como a las 10 de la noche cuando terminas de grabar en el estudio. Pero todo eso que no me importó, las teorías de propuestas por un hombre hace más de 70 años, empezaban a cobrar sentido luego; evolución significaba adaptarme al entorno, a ese entorno que solo ella sabe crear a su alrededor, y sobrevivir a la hostilidad de no tenerla cerca la mayoría del tiempo.
La noche era fría y seguía tomando altura (literalmente) hasta llegar a los 2700 metros. Debo decir que a mayor altura menos oxígeno, entonces menos oxígeno respiras, entonces menos oxígeno llega al cerebro por lo tanto no piensas, no te queda otra que sentir, y eso hacía, sentir. Sin embargo solo empecé a sentir en el momento exacto en el que con la excusa del frío del lugar tomé su mano para calentarla, en ese momento todo era más brillante, las luces de Bogotá tenían más color y la noche tenía más calor. Es increíble como tan solo un rose puede agudizar todos los sentidos y a la vez adormecerlos (porque embobado sí estaba…). Se trataba de sentir cada uno de sus dedos sobre los míos, de sentir su calor, su piel. Esa combinación entre el paisaje del que prácticamente ella era dueña, sus sonrisas, su cercanía su piel, no puede resultar en otra cosa que un momento perfecto que pierde todo el sentido sin alguno de sus elementos. No podía evitar el hecho de que mi sangre corriera más rápido por mis venas, el hecho de que mi músculo vital retumbara como un combo de percusiones tocando puya al lado del mar,  y esas ganas incontrolables de acercarme cada vez más, pero, como dice Cepeda en una de sus canciones, “Siempre pasa lo mismo, el momento no es el indicado, apenas hay tiempo para conocernos, para presentarnos, para conversar”.
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